El yo interior del escultor percibe en su seno un lleno expresivo que debe proyectar sobre el exterior de un espacio aquejado de vaciedad. Y para ello se sirve de la materia que le brinda la naturaleza en orden a dignificarla y metamorfosearla mediante una forma que se plasma y organiza para representarla con una vena hasta surrealista. Así es como el extremeño JOMI cubre y teje su obra con referencias al mundo interno por un lado y al externo por el otro, en una apropiación de la realidad que es ilimitadamente profunda. En tales términos su sentido plástico se manifiesta ya al conferir una clave en la elección de los materiales -pues en cierta guisa el material determina la imagen- y en la configuración de su valor orgánico, en sus líneas, formas y colores, evidenciando que forman parte de su ser y su existencia.
Cada una de sus piezas, pues, exigen la contemplación como una encarnación de símbolos e iconos que postula su quehacer como un juego de hallazgos y continuas sorpresas de relaciones internas entre las formas, sugeridas por la tensión, la flexibilidad y la agudeza. Constituyendo con ello a la postre unas violaciones de un vacío desolado por una naturaleza caída y postrada. Asimismo, se ha de reclamar una actitud contemplativa ante este repertorio escultórico al mismo tiempo que un despertar activo que lo desnude y lo lea en la esencia de esa intensidad de perfiles, hechuras y procedimientos. El trabajo del arte, como decía Diderot, es conmover y transformar.
Cada obra, entonces, nos coloca ante una inmediata sensación visual mediadora con los estratos más profundos del sentimiento. Con lo que el espacio queda habitado y saturado de percepciones y nociones en una suma armónica de significantes y significados. Giorgio Carlo Argan señala que toda sensación, cuando es auténtica y abarca totalmente nuestra subsistencia, nos da no tanto la experiencia del objeto particular, sino la del universo como un todo. JOMI, por consiguiente, es un constructor de formas y volúmenes a los que busca en el sino de una materia cósmica, la cual le invoca y le ruega que le imprima esa vida plástica de la que hasta ahora estaban desposeídos. Tal demanda le convoca a una exploración que, si bien necesita una interrogación previa, le conduce a revelar misterios y magias ocultas que según va culminando la prueba se van descubriendo.
Agotando, por tanto, todas las posibilidades, sus criaturas toman forma y se exhiben desde sus pedestales, nos incitan a descifrarlas bajo sus configuraciones como génesis de una naturaleza que el autor ha tomado como condición previa de la creación, coronando de este modo ese vínculo inextinguible con la voluntad y necesidad de hacer y determinar el valor de su arte y como demostración de los poderes ilimitados del ser para proyectarse sobre el mundo.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)
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